Según la tribu de los Pantuas o
Pantúas, al sur del Amazonas, el tiempo es un reptil, un reptil que lleva
millones de años inmóvil en el jardín de los Dioses. Prevalece la idea, en
aquel pueblo amazónico de 900 habitantes, de que si el reptil llegara a moverse,
algo extraño e incomprensible ocurriría y el mundo como lo conocemos se
descompondría de una manera insospechada; el terremoto más grande jamás ocurrido
sería poca cosa comparado con la desconocida hecatombe que ocurriría si el
reptil se desperezara. Por eso, año con año, los Pantúas sacrifican al primer
bebé nacido tras la celebración de año nuevo, y lo dan como ofrenda a los
cocodrilos. El bebé debe entrar a la boca del lagarto de cabeza y con la madre
presente. A diferencia de lo que uno pensaría es un honor para la familia que
su bebé sea el sacrificado, pues es una señal de que los Dioses han escogido al
recién nacido por ser la familia a la que pertenece de buena alcurnia.
Recientemente, sin embargo, han
surgido manifestaciones en Rio de Janeiro y en Sao Paolo, con pequeñas réplicas
en otras ciudades como Nueva York y Ginebra, impulsadas por organizaciones
internacionales de derechos humanos, con el fin de terminar con esta práctica. Algunos,
los más comprensivos, piden al menos eliminar la presencia de la madre del
ritual, mientras que los más religiosos piden una cruzada para evangelizar a
los Pantúas, o Pantuas, o como se diga. No sé qué pensará mi lector. En lo
personal, toda esta situación me tiene un poco confundido, aunque honestamente
me ha puesto una sonrisa en el rostro.