lunes, 23 de septiembre de 2013

El reptil


Según la tribu de los Pantuas o Pantúas, al sur del Amazonas, el tiempo es un reptil, un reptil que lleva millones de años inmóvil en el jardín de los Dioses. Prevalece la idea, en aquel pueblo amazónico de 900 habitantes, de que si el reptil llegara a moverse, algo extraño e incomprensible ocurriría y el mundo como lo conocemos se descompondría de una manera insospechada; el terremoto más grande jamás ocurrido sería poca cosa comparado con la desconocida hecatombe que ocurriría si el reptil se desperezara. Por eso, año con año, los Pantúas sacrifican al primer bebé nacido tras la celebración de año nuevo, y lo dan como ofrenda a los cocodrilos. El bebé debe entrar a la boca del lagarto de cabeza y con la madre presente. A diferencia de lo que uno pensaría es un honor para la familia que su bebé sea el sacrificado, pues es una señal de que los Dioses han escogido al recién nacido por ser la familia a la que pertenece de buena alcurnia.

Recientemente, sin embargo, han surgido manifestaciones en Rio de Janeiro y en Sao Paolo, con pequeñas réplicas en otras ciudades como Nueva York y Ginebra, impulsadas por organizaciones internacionales de derechos humanos, con el fin de terminar con esta práctica. Algunos, los más comprensivos, piden al menos eliminar la presencia de la madre del ritual, mientras que los más religiosos piden una cruzada para evangelizar a los Pantúas, o Pantuas, o como se diga. No sé qué pensará mi lector. En lo personal, toda esta situación me tiene un poco confundido, aunque honestamente me ha puesto una sonrisa en el rostro.

sábado, 14 de septiembre de 2013

El reptil casero

Una mañana, después de una noche lluviosa, Malena, la pequeña de diez años, se levantó aún tallándose los ojos y cuando entró al baño, pegó un grito y cerró la puerta, al descubrir un cocodrilo en la bañera.

Inicio de cuento Lolita

A los trece años ya usaba botas con tacón, se pintaba los labios y le hacía ojitos al hombres de treinta años.

sábado, 10 de agosto de 2013

El réptil


Dicen los antiguos que el tiempo es un reptil. Un reptil que lleva siglos inmóvil. Cuando mucho parpadea, aunque nunca nadie lo ha visto realmente parpadear. Los dioses lo cuidan con cuidado. Las generaciones de Dioses han pasado sin saber bien a bien qué hacer con él. Algunos que lo temieron construyeron una jaula a su alrededor, para que no pudiera escapar y destruir sus ciudades. Otros tiraron la jaula para que no se fuera a enojar con ellos y lo dejaron a la intemperie bajo las lluvias y los vientos. Otros más se olvidaron de él durante años, y quedó ahí como una mera curiosidad. Alguna vez un niño Dios fue a aventarle piedras para provocarlo, para combatir el enemigo interno que despertaba en él el animal. Las consecuencias de ese acto son desconocidas. Pero desde entonces, de eso ya hace millones de millones de años, prevalece la idea de que si el reptil llega a moverse azotaría al mundo una calamidad sin nombre que terminaría con todo. Sin saber si es cierto o no, el miedo es tan grande y la suspicacia tan fuerte que la gente prefiere no averiguarlo. Prefiere vivir con la angustia y el miedo, que descubrir lo desconocido que podría acarrear no la muerte de la vida sino la muerte de todo.



Repetition
Is a reptile
A still reptile.
If it moved
Time would break.

sábado, 3 de agosto de 2013

Notas sobre Markus

No soy del tipo de personas que se consuelan pensando que "las cosas pasan por algo". Yo hubiera preferido que Carla se hubiera quedado conmigo. Definitivamente yo hubiera sido más feliz. Pero por alguna razón ella ya no quiso. Y tampoco es hora de rasgarme las vestiduras. Ya lo hice durante mucho tiempo.

Lo del zopilote volando en el cielo. Markus le explica a ella que no es un zopilote que es un zanate.

lunes, 29 de julio de 2013

Jubilación


El día de su jubilación el ingeniero Lizárraga fue a ver a su madre al asilo, por no decir manicomio. Estaba sentada en la cama, con los hombros caídos y el cabello sobre la cara. Parecía muñeca. El inge (como le decían en la compañía) acercó una silla y se puso frente a ella. La vio a los ojos. ¿Cómo estás? Se cambió a la cama para abrazarla. Le plantó un beso. ¿Cómo te tratan, mamá? ¿Ya comiste hoy? Ella respondió: patatas. Patatas. ¿Papas? ¿Comiste papas? Ella asintió. El inge se levantó y dio vueltas por la recámara. Estaba todo perfectamente acomodado, empolvado, como el cuarto de un muerto que se deja intacto. Se asomó a la ventana y miró la calle. Había humo. Unos doctores caminaban apresurados, con las batas elevadas por el viento, uno de ellos comiendo un sándwich. En la acera de enfrente había un carrito de hot dogs y una niña expectante frente a él, quizá esperando a su madre, que no se veía por ningún lado. De lejos provenía el traqueteo de una fábrica, un sonido agudo y constante que sustituía al silencio de fondo. El cielo estaba azul, despejado, pero se ensuciaba con el humo. Mamá, dijo, tienes una vista muy bonita de toda la ciudad. Lizárraga se dio vuelta. Su madre hacía un sonido con la boca y señalaba el cajón. Fue y lo abrió: había una guía telefónica. La madre seguía señalando y haciendo sonidos, impaciente. El inge no entendía, hasta que se dio cuenta que el foquito rojo del teléfono se encendía y se apagaba. Lo descolgó. Hablaban de la administración para ver si se le ofrecía algo. La madre seguía haciendo sonidos. Sí, dijo, traigan algo de comer para mi madre. 

Entró un enfermero muy apuesto, moreno, bien peinado, que saludó al entrar. La vieja se alegró al escucharlo y lo sujetó del brazo con las dos manos. El enfermero le dijo: ¿cómo está madrecita? Puso en la mesa un sándwich con papas y dijo: ¿has visto lo que te he traído?, son patatas. Y le besó la frente. Vale, dijo luego, los dejo que tengo mucho qué hacer. Se destrabó delicadamente el brazo de la vieja, que se aferraba a él, y se marchó. Se detuvo al borde de la puerta y se quedó viendo cómo el ingeniero acercaba una mesa a su madre de manera torpe. ¿Quiere que le ayude?, preguntó el enfermero, y sin esperar respuesta se acercó, movió a la madre a una silla y la acercó a la mesa. La alimentó él mismo llevándole el bocado a la boca, para mostrarle al señor cómo había que hacerlo. Después el enfermero se volvió a quitar pacientemente el brazo que de nuevo se había aferrado a él. Ése ritual debía repetirse varias veces al día. Lizárraga llevó una papa a la boca de su madre. Abre la boca, mamá. Mamá, abre la boca. Pero la madre se rehusaba a abrirla. Del pasillo se oyó la voz del enfermero: Inténtelo de nuevo, le dijo, hágale como si fuera un avioncito. El ingeniero movió la papa como si fuera una balsa y simuló un motor de coche, mientras lo dirigía a la boca de su madre. La madre, aunque un poco disgustada, abrió la boca y masticó la papa, sin cerrar la boca. El enfermero golpeó el costado de la puerta, como un gesto de que su labor estaba concluida, y se marchó. El jubilado iba a darle otro bocado a su madre, cuando notó que se le caía la comida de la boca al piso. ¿Qué hago?, pensó desahuciado y le vino a la mente la remota idea de terminar con la vida de esa pobre anciana, que ya nada tenía que ver con su madre, y ese pensamiento le dio escalofríos. Tomó otra papa y se la dio. Pero la madre, como si hubiera tenido acceso a sus pensamientos, dio un manotazo y le tiró la papa al suelo. Se le cayó todo el plato al piso, las papas y el sandwich quedaron regados. 

Le despejó los cabellos que le caían sobre el rostro y la abrazó y, cuando sintió el brazo de su madre en la espalda, se echó a llorar en su hombro, como un niño. La vieja estaba con la mirada al frente, sin parpadear, inmóvil. El ingeniero Lizárraga se levantó. Le sacudió el polvo del cabello, le apretó la nariz de manera juguetona y le pasó el pelo por detrás de las orejas. Agarró su saco, lo sacudió, se lo puso y le dio un beso a su madre. Le dijo: Pórtate, bien, mamá. Nos vemos pronto”. La comida quedó tirada en el piso. Caminó a la puerta y le echó una última mirada a su madre. De espaldas. En la misma posición en que la había encontrado. ¿Cuánto tiempo más seguiría viva? 

En el pasillo le dijo a la primera enfermera que vio que por favor le llevara algo extra de comer a la señora del 324, y le deslizó un billete de cien pesos. En la salida se topó con el enfermero de acento extranjero, quien lo vio con una mirada de desaprobación. El ingeniero no le aguantó la mirada pero le dieron ganas de reventarle la cabeza contra el mostrador. Salió del edificio. Era un edificio de 40 pisos. El asilo más grande de latinoamérica. Caminó por la calle. Sonaron las campanas de una iglesia cercana. Eran las seis de la tarde. A esa hora reunían a los internados en la sala de piso y los ponían frente a la televisión, la televisión sin volumen. El ingeniero Lizárraga sintió el estómago vacío. Se le había olvidado comer, pero no tenía hambre, y no tenía ninguna prisa por llegar a su casa. Qué bueno que no traje a los nietos, pensó. Subió al puente para cruzar la avenida, pero a medio camino se detuvo a mirar el interminable tráfico. 

lunes, 8 de julio de 2013

Somos lo que hay


Alicia está sentada en la cama, tallándose el ojo, mirando a Luciano mientras se pone los pantalones.



– ¿Qué somos? -le pregunta Alicia.
La pregunta agarra por sorpresa a Luciano quien se está cortando las uñas de los pies.
- Ahorita estoy cansado, amor.
Alicia se pinta los ojos, y voltea a ver a Luciano a través del espejo. Lo ve en cama, leyendo una revista, con un brazo atrás de la cabeza.
– ¿Qué somos? –le pregunta Alicia.
– No te oigo –dice Luciano, desde la cocina, lavando los platos, después de la comida.
– ¿Que qué somos? –dice Alicia.
– No sé–dice Luciano, junto a ella en el coche, camino a casa de sus suegros; rezando el padre nuestro, en cama, antes de dormir, bajo un Cristo de madera.
– ¿Qué somos? –pregunta Alicia.
– Padre nuestro que estás en los cielos…
– ¿Por qué no te gusta hablar de eso?
Luciano termina de rezar. Agradece al cielo.
– Porque siempre terminamos peleándonos.
– Sólo quiero saber qué somos. Es algo que tenemos que saber si queremos estar juntos. ¿No crees?
Luciano, sin mirarla, dice:
– Es mejor no hablar de eso.
– ¿Por qué?
– Es mejor no hablar ni siquiera de por qué no hablamos de eso.
– ¿Por qué rezas el padre nuestro si no eres creyente?
– Por costumbre.
Se acuestan a dormir. Ella se acomoda en una orilla de la cama, alejada de él y dándole la espalda. A oscuras él se acerca a ella para darle un beso de buenas noches. Ella hace un gruñido.
A oscuras, en la madrugada, Alicia se levanta. No puede dormir. Se quita de encima las cobijas y se sienta en la cama. Tiene un antojo extraño: brincar en la cama. No sabe si es para despertarlo y llamarle la atención o si es sólo una ocurrencia. Va a la sala a fumar un cigarro. Regresa, pero ya sin sueño. Se asoma a la calle. Mira el edificio de enfrente. Luciano abre los ojos y la ve de espaldas, su figura llena de luz y sombras. El farol de la calle, muy cerca de la ventana, riela en el cabello de Alicia.
Ella voltea y lo descubre mirándola: ¿Qué somos? ¿Qué somos? ¿Qué somos?

En la mañana, Luciano se despierta primero. Se da un baño y sale sin hacer ruido. No quiere despertarla. Se viste rápido: se pone traje y corbata. Se pone gel y escoge un reloj de su colección. Es un poco tarde. Se da prisa para desayunar. “Voy a llegar tarde” piensa, pero de todas maneras decide poner café. Al salir de la recámara lo detiene una voz.
– Luciano –le dice Alicia.
Luciano se da vuelta.
– Duerme un poco más –le dice Alicia, y le señala el lado vacío del colchón.
Luciano le dice que no con el dedo índice, y le dice:
- Adiós, amor.
Alicia lo mira con suavidad y le hace un gesto de mago, como si le lanzara un encantamiento para convertirlo en rana o sapo. Luciano le sonríe. Sale del cuarto y cierra la puerta. La deja con los ojos abiertos.
Luciano sale del departamento. Alicia lo sabe porque escucha la puerta del departamento. Las escaleras. La puerta del edificio. La puerta del coche. El motor del coche. Y luego el tráfico. Se queda mirando el techo. Se queda dormida. Despierta. Es demasiado tarde, ya van a dar las doce. Camina a la cocina, mientras se amarra la bata. Junto a la repisa de la ventana hay un jarrón con un par de violetas. Acaricia los pétalos y los huele. Les falta agua. Les pone agua, pero al voltearse, sin querer, tira el jarrón y éste se cae al piso y se rompe.
Recoge los pedazos del jarrón y luego barre. Mientras recoge los pedazos del jarrón se le viene una imagen a la cabeza:
– ¿Qué somos? –dice ella, en voz alta.
– No sé, flaca. No sé que quieres que te diga. ¿Quieres que te proponga matrimonio o qué?
Termina de recoger y pone las violetas en una jarra con agua. Después: un café y un pan con mermelada. Luego se regresa a su cuarto y, siempre con bata, pone una canción de jazz, muy suave, que la hace bailar mientras tiende la cama. Su mirada se cruza con el retrato sobre el mueble. Son ellos, enamorados, hace un lustro. La toma en sus manos y se le queda viendo. Tan jóvenes e inocentes. 

Por la noche, Luciano y Alicia están acostados en la cama, cerca ya de la hora de dormir. Luciano, ansioso, no se puede concentrar en el libro que lee, avanza las páginas y luego regresa a releerlas porque no las ha leído con atención. Ella termina de escribir una entrada en su diario y luego lo guarda en el cajón con llave y se va al baño a lavarse los dientes. Al volver él tiene el libro cerrado sobre las piernas y la mira sin parpadear. Ella no sabe qué significa esa mirada. Significa algo, pero no sabe qué.

- ¿Qué? -pregunta ella.
- No me vas a preguntar qué somos.
Alicia se ríe. Pero no dice nada. Se mete a la cama.
- ¿De qué te ríes?
 Alicia niega con la cabeza.
- De nada.
- Alicia, estuve pensando... 

Luciano se agacha por algo debajo de la cama mientras ella sigue sus movimientos con atención. Luciano le muestra una cajita a María. La abre. Es un anillo de compromiso. Ella se queda boquiabierta. 

- ¿Qué es eso? -pregunta ella.
- Quiero que nos casemos.

Ella no está muy convencida. Esconde la mirada.

- Me agarras por sorpresa.
- Pensé que era lo que querías.
- ¿Por qué dices?
- Eh... ¿Entonces no te quieres casar conmigo?
- No -dice ella con una media sonrisa.
- ¿Entonces?
- ¿Entonces qué?
- ¿Entonces qué somos?

Ella se ríe, le da un beso en los labios y apaga la luz.