lunes, 29 de julio de 2013

Jubilación


El día de su jubilación el ingeniero Lizárraga fue a ver a su madre al asilo, por no decir manicomio. Estaba sentada en la cama, con los hombros caídos y el cabello sobre la cara. Parecía muñeca. El inge (como le decían en la compañía) acercó una silla y se puso frente a ella. La vio a los ojos. ¿Cómo estás? Se cambió a la cama para abrazarla. Le plantó un beso. ¿Cómo te tratan, mamá? ¿Ya comiste hoy? Ella respondió: patatas. Patatas. ¿Papas? ¿Comiste papas? Ella asintió. El inge se levantó y dio vueltas por la recámara. Estaba todo perfectamente acomodado, empolvado, como el cuarto de un muerto que se deja intacto. Se asomó a la ventana y miró la calle. Había humo. Unos doctores caminaban apresurados, con las batas elevadas por el viento, uno de ellos comiendo un sándwich. En la acera de enfrente había un carrito de hot dogs y una niña expectante frente a él, quizá esperando a su madre, que no se veía por ningún lado. De lejos provenía el traqueteo de una fábrica, un sonido agudo y constante que sustituía al silencio de fondo. El cielo estaba azul, despejado, pero se ensuciaba con el humo. Mamá, dijo, tienes una vista muy bonita de toda la ciudad. Lizárraga se dio vuelta. Su madre hacía un sonido con la boca y señalaba el cajón. Fue y lo abrió: había una guía telefónica. La madre seguía señalando y haciendo sonidos, impaciente. El inge no entendía, hasta que se dio cuenta que el foquito rojo del teléfono se encendía y se apagaba. Lo descolgó. Hablaban de la administración para ver si se le ofrecía algo. La madre seguía haciendo sonidos. Sí, dijo, traigan algo de comer para mi madre. 

Entró un enfermero muy apuesto, moreno, bien peinado, que saludó al entrar. La vieja se alegró al escucharlo y lo sujetó del brazo con las dos manos. El enfermero le dijo: ¿cómo está madrecita? Puso en la mesa un sándwich con papas y dijo: ¿has visto lo que te he traído?, son patatas. Y le besó la frente. Vale, dijo luego, los dejo que tengo mucho qué hacer. Se destrabó delicadamente el brazo de la vieja, que se aferraba a él, y se marchó. Se detuvo al borde de la puerta y se quedó viendo cómo el ingeniero acercaba una mesa a su madre de manera torpe. ¿Quiere que le ayude?, preguntó el enfermero, y sin esperar respuesta se acercó, movió a la madre a una silla y la acercó a la mesa. La alimentó él mismo llevándole el bocado a la boca, para mostrarle al señor cómo había que hacerlo. Después el enfermero se volvió a quitar pacientemente el brazo que de nuevo se había aferrado a él. Ése ritual debía repetirse varias veces al día. Lizárraga llevó una papa a la boca de su madre. Abre la boca, mamá. Mamá, abre la boca. Pero la madre se rehusaba a abrirla. Del pasillo se oyó la voz del enfermero: Inténtelo de nuevo, le dijo, hágale como si fuera un avioncito. El ingeniero movió la papa como si fuera una balsa y simuló un motor de coche, mientras lo dirigía a la boca de su madre. La madre, aunque un poco disgustada, abrió la boca y masticó la papa, sin cerrar la boca. El enfermero golpeó el costado de la puerta, como un gesto de que su labor estaba concluida, y se marchó. El jubilado iba a darle otro bocado a su madre, cuando notó que se le caía la comida de la boca al piso. ¿Qué hago?, pensó desahuciado y le vino a la mente la remota idea de terminar con la vida de esa pobre anciana, que ya nada tenía que ver con su madre, y ese pensamiento le dio escalofríos. Tomó otra papa y se la dio. Pero la madre, como si hubiera tenido acceso a sus pensamientos, dio un manotazo y le tiró la papa al suelo. Se le cayó todo el plato al piso, las papas y el sandwich quedaron regados. 

Le despejó los cabellos que le caían sobre el rostro y la abrazó y, cuando sintió el brazo de su madre en la espalda, se echó a llorar en su hombro, como un niño. La vieja estaba con la mirada al frente, sin parpadear, inmóvil. El ingeniero Lizárraga se levantó. Le sacudió el polvo del cabello, le apretó la nariz de manera juguetona y le pasó el pelo por detrás de las orejas. Agarró su saco, lo sacudió, se lo puso y le dio un beso a su madre. Le dijo: Pórtate, bien, mamá. Nos vemos pronto”. La comida quedó tirada en el piso. Caminó a la puerta y le echó una última mirada a su madre. De espaldas. En la misma posición en que la había encontrado. ¿Cuánto tiempo más seguiría viva? 

En el pasillo le dijo a la primera enfermera que vio que por favor le llevara algo extra de comer a la señora del 324, y le deslizó un billete de cien pesos. En la salida se topó con el enfermero de acento extranjero, quien lo vio con una mirada de desaprobación. El ingeniero no le aguantó la mirada pero le dieron ganas de reventarle la cabeza contra el mostrador. Salió del edificio. Era un edificio de 40 pisos. El asilo más grande de latinoamérica. Caminó por la calle. Sonaron las campanas de una iglesia cercana. Eran las seis de la tarde. A esa hora reunían a los internados en la sala de piso y los ponían frente a la televisión, la televisión sin volumen. El ingeniero Lizárraga sintió el estómago vacío. Se le había olvidado comer, pero no tenía hambre, y no tenía ninguna prisa por llegar a su casa. Qué bueno que no traje a los nietos, pensó. Subió al puente para cruzar la avenida, pero a medio camino se detuvo a mirar el interminable tráfico. 

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