jueves, 4 de julio de 2013
el sueño de los caminos perdidos
Soñé una cosa de lo más extraña. A ver si me explico. Estaba saliendo de mi casa. Tendría unos 12 años. Abrí la puerta de mi casa con la intención de ir a la tiendita de la esquina a comprar alguna golosina. Estaba entre comprar un chocolate, un pinguino o una dotación de pulparindos. Salí de la casa (llevaba el cabello chino y esponjoso como uno de esos perros amigables) y levanté la cabeza. Vi, al final de la cuadra, el techito de la tienda: era día feriado y tenía dudas de si iba a estar abierta. Se veía que estaba abierta. Y aquí es donde se vuelve un poco complicado explicar lo que sucedió. Empecé a caminar, había avanzado algunos metros cuando vi la situación desde un punto de vista diferente, como desde el otro lado de la calle. La distancia entre mi casa y la tienda era mucho mayor de lo que yo creía. Quiero decir: mucho mayor. Pero para mi angustia yo no podía avisarme a mí mismo. De hecho, me desesperaba verme muy quitado de la pena, sacando las monedas del bolsillo y haciendo cuentas. Luego la cosa se puso peor, porque vi la escena desde un ángulo completamente distinto, desde arriba (muy arriba), y entonces me daba cuenta de la verdadera travesía que tendría que hacer para llegar a la tienda. Era una locura. Y lo peor de todo era que no sólo era inmensa la distancia a la tiendita sino que el regreso a casa también era ya bastante considerable y conforme más caminaba la distancia se iba haciendo cada vez mayor. Y el baboso de mí mismo seguía con la cabeza baja, recontando el dinero y saboreándose la boca.
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