jueves, 4 de julio de 2013
Una jovencita enferma
Érase una vez una muchacha que estaba muy enferma, de una enfermedad extraña, y no podía pasar mucho tiempo fuera de la cama. Eso no quería decir que fuera infeliz. En absoluto. Se entretenía imaginando miles de cosas que volaban por su mente. En todo el día no movía más que sus ojos, para ver la lluvia, o si acaso su mano, para rascarse la oreja.
Vivía sola con su padre, que a pesar de su avanzada edad seguía trabajando duro todos los días. Su padre solía volver por la noche, después de un largo día de trabajo, angustiado por su hija. Pero se sorprendía mucho al encontrarla siempre con una sonrisa en el rostro.
- ¿Qué hiciste en toda la mañana?
- Nada -respondía la hija.
El padre enchuecaba la boca y se iba a preparar la cena. La niña llevaba muchos meses así y nomás no daba señales de mejoría. Tan pronto se levantaba de la cama le atacaba una fuerte migraña que la obligaba a volver a la cama. Ya había perdido el año escolar, pero eso era lo de menos, según el doctor, no tenía más que un par de meses de vida, aunque era sólo un pronóstico porque la enfermedad era desconocida, aunque sus signos vitales se deterioraban cada vez más.
Para que no le salieran estrías, de quedarse acostada todo el día, su padre la sacaba a caminar una vuelta a la manzana una vez cada mañana, en piyama, con una chaqueta encima para taparse del frío y un gorro para que no le diera el sol. Regresaba agotada pero contenta, con todo el día por delante. Acostada en su cama era feliz, sin distracciones ni temores. La felicidad para ella era horizontal.
El día de su cumpleaños su padre le regaló una pluma para que escribiera cuentos. Empezó a escribir todas las mañanas y sus historias se fueron acumulando. Su papá las fue guardando en el cajón. A los pocos meses la niña murió. Al contrario de lo que el papá creía, en la autopsia que sembró la curiosidad de los doctores para ver qué era esa extraña enfermedad descubrieron que había muerto ahogada por una pluma que se había tragado.
Sólo hasta entonces su papá leyó las hojas y hojas que su hija había escrito, como ella se lo había pedido. En ellas contó todos los años que tenía por delante y que podría haber vivido de no haberse tragado la pluma.
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